15 de noviembre de 2015

Introducción: Juan García de la Coba y el teatro



         Algunos de vosotros sabéis que otra de mis aficiones, no sólo en el sentido "contemplativo", sino, y sobre todo, en el "participativo", es el teatro. Asimismo, sé que alguno dirá: "vaya, hombre; hace a todo". Pues no; a todo, no. Ya me gustaría a mí ser como alguno de aquellos grandes artistas del Renacimiento que lo mismo construían una gran basílica que te escribían un hermoso tratado sobre anatomía humana, pintaban una bella composición sobre la divinidad o componían un sentido soneto sobre su pasión amorosa. He de confesar, no obstante, que ese modelo renacentista siempre ha sido mi ideal; siempre ha estado y estará en mí como referente. 
En cualquier caso, considero que cuando la naturaleza -o Dios o el demonio, como diría Federico García Lorca- te ha concedido, la capacidad, la sensibilidad..., o como queramos llamarlo, de poder expresar artísticamente aquello que piensas o sientes, de alguna manera estás capacitado para poder hacerlo en cualquiera de sus manifestaciones. Entiendo que esta afirmación mía tenga mucho que discutir y que más de uno de vosotros no esté de acuerdo con lo que digo. Pero vamos a dejar estas disquisiciones y vayamos al grano.
Pues sí, a mí también me gusta apasionadamente el teatro. Desde niño y en casa de algún amiguito -o amiguita- gusté de improvisar con él o con ella la representación ingenua y candorosa de alguna historieta dramática imaginada por nuestras mentes infantiles. Más tarde, y ya siendo un joven universitario, comencé a participar como actor en alguno de aquellos grupos teatrales que se formaron en las aulas. Sin embargo, he de reconocer que esta actividad mía comienza a alcanzar una mayor intensidad y regularidad cuando me convierto en docente, en profesor de Lengua y Literatura.

Eran mis inicios como profesor de Lengua y Literatura -a mí no me ha gustado nunca eso de llamarme profesor de Lengua castellana y Literatura, lo considero una denominación pretexto para no herir susceptibilidades-. En la foto, aparezco muy joven, con tan sólo 25 años, dirigiendo  mi grupo de teatro del Instituto de Bachillerato de Manoteras, Madrid, durante el curso 1979-1980, en la representación de "La zapatera prodigiosa" de Federico García Lorca.

Eran años en los que la fotografía todavía era "analógica"; es decir, se hacía usando carretes de película, que había que mimar, cuidar, porque su coste era caro y sólo te permitía realizar 12, 24, 36 instantáneas, cuyo resultado final siempre era una incógnita, que dependía de la destreza del fotógrafo y de la calidad de la cámara. Eran tiempos en los que aún se hacían fotos en blanco y negro, entre otras cosas porque resultaba más barato su revelado. En ésta, con sombrero cordobés, muy desaliñadamente puesto -lo que parece mentira que pudiera suceder siendo yo andaluz- aparezco junto al resto de componentes de mi grupo de teatro del Instituto de Bachillerato de Maspalomas, Gran Canaria, en el curso 1982-1983, en la representación sui géneris de "La zapatera prodigiosa" de Federico García Lorca. Digo sui géneris porque si peculiar resultaba oír a una zapatera y sus vecinas con acento madrileño, en la representación del IB de Manoteras, más aún lo era con el acento guanche que tenían estos alumnos-actores míos canarios.


Durante los primeros años de ejercicio profesional, un montaje que repetí allí y en todos los institutos a los que iba llegando fue "la zapatera prodigiosa" de Lorca. En esta ocasión, la fotografía muestra al grupo que formé en el Instituto de Bachillerato "Los Pedroches" de Pozoblanco, Córdoba, a finales del curso 1983-1984. Aquí ya aparece mi compañero, amigo y cofundador de grupo "Callejón del gato", Enrique Girón Irueste, en el papel de don Mirlo. Era la primera vez que una obra de ambientación andaluza, como es ésta, era montada por mí con actores andaluces, acentos andaluces y en un espacio andaluz.